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En el imaginario colectivo, aún existe la idea errónea de que las mujeres exageran el dolor, a pesar de que los umbrales de sensibilidad en los seres humanos no hacen distinciones de género. Un nuevo estudio publicado en The Journal of Pain desenmascara esta creencia, que parece echar raíces en concepciones equivocadas con respecto al género, de poco fundamento científico.
Antes que nada, habría que entender que el dolor se experimenta desde el punto de vista sensorial y emocional. Esto le da una doble naturaleza en ciertas especies, incluidos los seres humanos: desde el plano físico y desde el plano sensorial. Por esta razón, esta experiencia nace como respuesta a algún tipo de lesión, que puede producirse en cualquiera de los dos planos.
De acuerdo con la neuróloga Montserrat Prado Rodríguez Barbero, del Hospital General Universitario de Ciudad Real, éste es un dato subjetivo. Por esta razón, cada caso debe de valorarse relativo a cada individuo:
“Este indicativo se va a disparar y nos va poner en alerta en diferentes periodos dependiendo del umbral del dolor que tenga cada uno. El umbral del dolor se define como la intensidad mínima a partir de la cual un estímulo se considera doloroso”.
En este terreno, la experta hace una distinción fundamental: “No hay que confundirlo con la tolerancia al dolor, que es la intensidad máxima de dolor que somos capaces de soportar”.
En ningún momento de su trayectoria profesional, como cualquier neurólogo serio, ha asegurado que el rango del umbral del dolor depende del sexo biológico o del género de cada individuo. Por el contrario, se ven influenciados por la genética, factores sociales y emocionales.
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La experiencia del dolor no es exclusiva de los seres humanos. Por el contrario, es una característica compartida en el reino animal, como una respuesta defensiva contra situaciones de peligro. Sin embargo, los roles de género impuestos al nacer asumen dos parámetros categóricos, que afectan a hombres y mujeres por igual:
Ninguna de estas suposiciones culturalmente asignadas tiene fundamento científico alguno. Por el contrario, corresponden a marcos de referencia basados en un filtro machista que se decanta a cómo entendemos la realidad y nos relacionamos con ella.
Estas suposiciones han llevado a la ciencia sobre líneas de investigación sesgadas culturalmente, que hacen que este tipo de planteamientos flaqueen y sean quebradizos. Hoy en día, se sabe que la exageración es relativa a cada persona, y no tiene un sesgo condicionado por el género.
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