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La misofobia es un padecimiento mental en el que se experimenta un miedo irracional y absoluto hacia la suciedad, en la que el paciente siente una aberración total hacia las bacterias y a la posibilidad de infectarse. Etimológicamente, viene de las palabras griegas mysos, «contaminación» y phobos, «miedo».
Fue catalogado por primera vez en 1879 por William A. Hammond, fue un médico y neurólogo militar estadounidense, durante la Guerra Civil en Estados Unidos. En el extremo más crítico, quienes padecen de misofobia han llegado a aislarse completamente del mundo por miedo a contaminarse.
La misofobia se encuentra dentro de los trastornos obsesivo-compulsivos (TOC). Los pacientes que la padecen sienten un terror hacia los olores y excreciones corporales, los ambientes con fuentes de infección potenciales, a los gérmenes, y a la suciedad en general.
Los enfermos reportan sentir una angustia intolerable ante la amenaza inminente de enfermarse y morir. Para contrarrestar este sentimiento, tienden a lavarse compulsivamente las manos o a desinfectar las superficies con las que van a interactuar. Sin embargo, este peligro muchas veces es producto de su fantasía.
Además de una tensión constante a nivel mental, se tiene registro de síntomas físicos que los pacientes reportan. Entre los más importantes, se encuentran los siguientes:
Esto se debe a una reacción somática que las personas experimentan, como una forma de dar salida a la cantidad de angustia que sienten. Es por esto que vale la pena estar atentos a si la obsesión de limpiar el entorno se vuelve nociva.
Generalmente, la misofobia se origina en experiencias traumáticas que impactaron gravemente a las personas. Otra de las causas que se han identificado se refiere a esquemas educativos muy estrictos que endurecen el comportamiento de ciertos individuos. Sin embargo, también hay una carga genética importante que entra en juego.
Es por esto que el tratamiento para la misofobia es de largo aliento. Se recomienda ampliamente un proceso terapéutico cognitivo-conductual, que ayude al paciente a entender el origen de su fobia a la suciedad.
Si este método no fuera exitoso, se ha intentado hacer que los pacientes enfrenten sus miedos con terapia de exposición y prevención de respuesta. En casos más críticos, se ha tratado con ansiolíticos de intensidades diferentes. Además de esto, se ha demostrado que la meditación y la hipnosis resultan efectivas para este tipo de casos.
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