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Dismorfia de Zoom: el trastorno mental derivado de la pandemia por hacer videollamadas en exceso

En las reuniones virtuales, las personas se miran más a sí mismas que a los otros participantes conectados. Así es la dismorfia de Zoom.

Son las 7 de la mañana. Quienes podemos quedarnos en casa, sabemos que podemos despertarnos hasta dos minutos antes de la alarma y de todas formas llegar a tiempo a las juntas del día —todas, o la mayoría, a distancia todavía. Con esta certeza es fácil simplemente prender la computadora y empezar a trabajar: revisar el calendario es, sin duda, de los primeros rituales del día. Y ahí aparece: un recuadro que marca, a las 11 de la mañana, la primera clase, la primera reunión, la primera llamada.

Con el inicio de la crisis sanitaria, la manera de sobrellevar la educación y las responsabilidades laborales tuvo que migrar, a marcha forzada, a plataformas de reunión virtual. A diferencia de lo que sucedía antes, en las videollamadas con amigos o compañeros de trabajo, las personas se ven más a sí mismas que a los demás participantes conectados. A esto, según la mercadóloga de la Universidad de Boston, Marcela Quintanilla-Dieck, se le conoce como ‘dismorfia de Zoom’.

Hay más personas en la pantalla

Fotografía: Compare Fibre / Unsplash

Con toda honestidad, las llamadas y reuniones por Zoom ya me generan hartazgo. Sin embargo, hay poco que pueda hacerse en contra de esta tendencia: hay que trabajar, estudiar, o seguir con la vida. La necesidad se impone. Sin embargo, los psicólogos sociales y mercadólogos se percataron de esta tendencia peculiar, a más de año y medio de que estalló la crisis sanitaria global.

En algunos casos, a la dismorfia de Zoom se la ha catalogado como un trastorno. A pesar de que hay más personas conectadas a la reunión, la gente tiende a mirarse sólo a sí misma, como si se viera en el espejo. Es muy evidente cuando miran el recuadro de alguien más, porque dejan de posar y vuelven la mirada a otro espacio en la pantalla.

Al respecto, Quintanilla-Dieck se percató de que “el uso de Zoom de forma regular me ha hecho darme cuenta de que no estoy acostumbrada a esta cantidad de autointeracción“, según escribe en su artículo para Mass General. Realmente pocas personas promedio lo estaban, hasta que tuvieron que enfrentarse a mirarse a sí mismas frente a una cámara encendida. Cuando el recuadro se apaga, el comportamiento también desaparece: no hay nadie a quién ver.

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Cuando la pantalla devuelve la mirada

Foto: Getty Images

La dismorfia de Zoom ha acarreado consigo inseguridades que antes las personas no tenían: la papada, los barros en la piel, las mejillas pronunciadas, la separación de los ojos. Con esta nueva intimidad frente a la cámara, todo parece exagerado, y las personas se preguntan a sí mismas si se han visto así de mal siempre. Algunas de ellas no son conscientes de que las cámaras de las computadoras también distorsionan las imágenes —pero la ansiedad permanece.

Esta hiperconsciencia de las ‘imperfecciones’ humanas ya ha repercutido a nivel médico en algunos pacientes, según explican investigadores de la Universidad de Massachussetts. El estudio, publicado en Facial Plastic Surgery and Aesthetic Medicine denuncia cómo las personas se están interviniendo quirúrgicamente porque no les gusta su apariencia en las reuniones virtuales. Así de duras se han vuelto las autocríticas.

Nietzsche se adelantó a la dismorfia de Zoom. Sabía que cuando miras al abismo, éste te devuelve la mirada. Es otra manera de decir que nos reconocemos en el vacío, en donde no hay nada, en donde todo está perdido: ahí también hay algo de nosotros mismos. La realidad es que, cuando miramos a una pantalla constantemente por horas, deshumanizamos a los demás integrantes: realmente no están ahí, aunque podamos verles y escuchar sus voces.

Al apagar la cámara, el eco del vacío ataca más duramente. Y de alguna manera, sentimos alivio de ya no estar frente a nosotros mismos.

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