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¿Qué es el alma? La RAE la define como: En algunas religiones y culturas, sustancia espiritual e inmortal de los seres humanos. La ciencia hasta el momento no ha logrado decir si el alma existe y, en caso de que sea algo real, de qué está compuesta. Si damos crédito a lo que muchas religiones afirman, nos podemos hacer muchas preguntas: ¿cómo es el alma, tiene una forma física? ¿Cuánto pesa el alma? ¿Es verdad que son 21 gramos?
Sobre esta última pregunta, existe una especie de mito que afirma que el alma tiene un peso específico. Algo de ello se puede ver en una película dirigida por Alejandro González Iñárritu titulada 21 gramos, justo el peso que se dice que pierde el cuerpo al morir.
¿Pero qué hay de cierto en ello? La ciencia no puede demostrar que el alma existe, y los científicos no pueden pesarla. Existe una historia que tiene como protagonista a un médico de nombre Duncan MacDougall. Gracias a este experto nació la creencia popular de que el alma tiene un peso de 21 gramos.
“Puesto que… la sustancia considerada en nuestra hipótesis está vinculada orgánicamente con el cuerpo hasta que se produce la muerte, me parece más razonable pensar que debe ser alguna forma de materia gravitacional y, por tanto, capaz de ser detectada en el momento de la muerte pesando a un ser humano en el acto de morir”, escribió en el artículo científico que el doctor publicó en 1907 sobre el tema.
El médico pronto puso manos a la obra. Para ello comenzó a estudiar a pacientes con tuberculosis en fase terminal. En ese momento, la enfermedad no tenía cura, por lo que era ideal para el experimento de MacDougall.
Adaptó una báscula en las camas de los enfermos. Por lo regular, los pacientes mueren en calma y con escaso movimiento, ya que la enfermedad les causa un gran agotamiento.
El primer paciente de MacDougall murió el 10 de abril de 1901, con una caída repentina en la balanza de 0,75 onzas (21,2 gramos). Fue a partir de ese momento cuando nació la leyenda de que el alma tiene un peso de 21 gramos, mismos que el humano pierde al morir.
No importó mucho que los siguientes pacientes de MacDougall perdieran diferentes pesos al morir: uno perdió 0,5 onzas (14 gramos) 15 minutos después de dejar de respirar, y otro perdió 0,5 onzas y luego 1 onza (28,3 g) un minuto después.
El experimento de MacDougall, como él mismo reconoció en su momento, necesitaba más pruebas y los resultados realmente no podían ser tan concluyentes debido a la diferencia entre sí.
Desde su papel de médico, MacDougall fue razonable e intentó encontrar una respuesta a esas pérdidas de peso: la atribuyó a la evaporación de la humedad de la piel, o a las eliminaciones urinarias y fecales, pero nada de ello tenía una respuesta convincente.
La pérdida de aire de los pulmones tampoco era la respuesta, como determinó tumbándose él mismo en la báscula y observando que la respiración no tenía ningún efecto sobre el peso.
Tras pesar a sus pacientes, MacDougall se puso a trabajar con perros. En ellos tampoco encontró ninguna pérdida de peso en el momento en que expiraron. El doctor no se sorprendió, por supuesto, porque no creía que los perros tuvieran alma. Desde entonces nadie ha confirmado los hallazgos de MacDougall.
Al parecer, el misterio de los 21 gramos del alma seguirá siendo eso: tan solo un misterio.
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