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La idea de que es posible congelar a alguien inmediatamente después de que es declarado legalmente muerto para intentar revivirlo en el futuro está presente en la cultura popular.
La criónica es la técnica que se utiliza para congelar hasta el punto de ebullición del nitrógeno un ser vivo y así evitar la descomposición de los órganos vitales, los tejidos que los forman y el resto del organismo, todo con la intención de prolongar su vida aún cuando ha sido declarado muerto.
La hemos visto en películas, series e historias de ciencia ficción. La fama de la criónica es tal, que el mito de que Walt Disney permanece en una cámara de nitrógeno congelado es mundialmente reconocido, aunque en realidad el cuerpo del creador de Mickey Mouse fue incinerado y sus cenizas permanezcan en Glendale, California.
Después de todo, la criónica parte de un principio que a primera vista, parece completamente lógico: tal y como pasa con los alimentos que conservamos en el refrigerador, el frío y las bajas temperaturas ralentizan el proceso de descomposición, evitando la proliferación de bacterias y retardando la acción de las enzimas.
Aunque algunas especies de insectos, gusanos y anfibios tienen la capacidad de permanecer en un estado de congelación durante meses y continuar con su vida una vez que las bajas temperaturas ascienden, cuando se trata de humanos, la situación es radicalmente opuesta.
Nuestras células son incapaces de tolerar temperaturas debajo de los -5 grados celsius y por lo tanto, el primer paso para hacer de la criónica humana una realidad tangible recae en encontrar crioprotectores lo suficientemente efectivos para evitar el congelamiento celular y en su lugar, llevarlo a un estado de ‘vitrificación’ que evitaría el colapso y la ruptura de las células:
Según David Denlinger, entomólogo de la Universidad Estatal de Ohio para Particle, “uno de los grandes problemas con las bajas temperaturas es que el agua en nuestras células puede congelarse y, por lo tanto, romper las células, por lo que tenemos la opción de agregar un agente que disminuya el punto de congelación o alguna otra manera prevenir la cristalización del hielo dentro de la célula”.
Otro de los obstáculos para lograr congelar exitosamente a una persona es encontrar la temperatura adecuada para que cada órgano y tejido pueda preservarse. La aplicación más realista de la criónica en el presente se lleva a cabo con órganos destinados a trasplantes y células como óvulos o espermatozoides.
En este proceso, cada órgano requiere de determinada temperatura para mantener su funcionamiento intacto; sin embargo, tratar de llevar esto al cuerpo humano completo complica el escenario y entraña un problema mayor: no conocemos lo suficiente el funcionamiento del cerebro para dilucidar si puede mantener sus funciones después de estar congelado.
Por ahora, aplicar la criónica en humanos aún pertenece más al terreno de la ciencia ficción que a la realidad. Y aunque la nanotecnología avanza a pasos agigantados como una posible solución a los cambios de temperatura capaz de evitar daños en el proceso, la idea de ‘volver a la vida’ a un cuerpo que se mantuvo a -190 grados celsius aún requiere de investigación científica para tratarse como una realidad tangible.
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