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La inteligencia emocional está determinada por qué tan funcional es el comportamiento de un ser humano en sociedad. Por lo tanto, ésta depende de la capacidad de un individuo para expresar, entender y administrar sus propias emociones.
Además, es posible aprender a desarrollarla. De acuerdo con The Conversation, estos son los cuatro puntos para saber qué tan elevada es tu inteligencia emocional:
En situaciones comprometedoras, una inteligencia emocional sana podría marcar la pauta entre reacciones violentas hacia los demás o uno mismo. Las emociones son humanas, de eso no hay duda. Sin embargo, hay escenarios en los que pueden abrumar a las personas y, en consecuencia, hacerlas actuar de formas que pueden repercutir negativamente en sus vidas.
Las personas con una inteligencia emocional poco desarrollada tienden a reaccionar explosivamente ante sentimientos negativos, sin detenerse a observar la situación con detenimiento. Por el contrario, no son capaces de analizar los pros y los contras de la misma, y la afrontan de manera impulsiva. Por esto, son más propensas a ser disfuncionales socialmente.
Un indicador de inteligencia emocional desarrollada es, sin duda, la capacidad de entender las situaciones difíciles como un desafío. En lugar de paralizarse o de explotar ante ella, las personas con una alta inteligencia emocional perseveran enfocándose en los recursos que tienen al alcance para resolver el problema.
En lugar de permitir que la angustia y ansiedad se vuelvan intolerables, una persona con este atributo desarrollado es consciente de sus límites y de sus capacidades para hacer frente a situaciones de riesgo. De esta manera, le es más sencillo lidiar con estos sentimientos negativos sin permitir que lo abrumen.
Además de ser conscientes de sus límites personales, las personas con una inteligencia emocional elevada tienen un amplio conocimiento de su vida interior. De manera natural, en la mayor parte de los casos, se les facilita controlarla, en tanto que tienen un diálogo constante consigo mismos.
Por esta razón, son más propensos a saber cómo mantener la ansiedad o el estrés en niveles tolerables para sí mismos, así como hacer frente a las situaciones de incertidumbre o de peligro potencial.
Finalmente, las personas con una inteligencia emocional alta pueden generar vínculos de empatía con los demás. Esto es así porque logran extender su relación sana consigo mismos hacia el exterior, sin permitir que esto comprometa su propia seguridad emocional.
De esta forma, son más competentes en el trato con las personas —desde su núcleo familiar hasta la atención al cliente, por ejemplo—, y ajustarse a las normas de cada círculo social en el que conviven cotidianamente.
Las personas que carecen de estos recursos pueden trabajarlos por medio de un proceso terapéutico personal, en el cual se den el tiempo y el espacio para conocerse mejor y reconocer sus propias limitaciones humanas.
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