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Con respecto a las soluciones disponibles para contrarrestar la emergencia sanitaria global, la Iglesia Católica se ha mostrado categórica: no está de acuerdo con que sus feligreses se apliquen las vacunas. A pesar de los esfuerzos de investigación que se han realizado para frenar la crisis de COVID-19, la institución parece preocuparse más por la moralidad de las mismas, bajo suposiciones de procedencia dudosa.
Algunos católicos practicantes tienen la certeza de que las vacunas contra el COVID-19 están hechas con células madre de fetos. De acuerdo con esta suposición, el desarrollo de éstas no puede ser posible sin faltas a la moral, relacionadas con “la vida de los fetos abortados involucrados“.
Estos argumentos han causado controversia y divisiones profundas al interior de Iglesia Católica. Además de no tener fundamento científico, han influido duramente en la opinión de los feligreses para recibir las dosis correspondientes. La discusión comenzó con un comunicado de la Arquidiócesis Católica Romana de Nueva Orleans, en el que se aseguraba lo siguiente:
“[…] la vacuna de Johnson & Johnson está moralmente comprometida y, por lo tanto, es inaceptable que cualquier médico católico o trabajador de la salud la dispense y que cualquier católico la reciba debido a su conexión directa al intrínsecamente malvado acto del aborto”.
Además de causar confusión entre los católicos, estas aseveraciones se orientan más a la teoría de conspiración que a un sustento sólido. A pesar de esto, han suscitado preocupación por la posible influencia en que los creyentes decidan no recibir las vacunas de diversas farmacéuticas, sin verificar la veracidad de estas suposiciones.
Antes que nada, vale la pena recalcar la noción de que la emergencia sanitaria no ha terminado aún. Con este tipo de comunicados efectistas, la Iglesia Católica está desinformando a su comunidad religiosa, dejando de lado cuatro puntos fundamentales, según la BBC:
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La moral, por definición, corresponde a un grupo reducido de personas. Sean los afilados a un grupo religioso, los empleados de alguna organización o estudiantes de una institución académica, los estándares morales que se siguen corresponden al marco de referencia específico de esa comunidad selecta.
Por esta razón, juzgar a una vacuna como “moral” es limitado, a lo menos. Si bien es cierto que seguir ciegamente lo que la ciencia contemporánea dicta es un error, desestimar los esfuerzos de investigación tecnológica y médica en favor del esquema de valores de una institución eclesiástica podría ser desconsiderado, tomando en cuenta que la pandemia no ha terminado aún.
Quienes pueden vacunarse gozan de un privilegio que no aún no es accesible a la mayor parte de la población mundial. A sabiendas que, incluso desde un principio filosófico, la moral no es universal, valdría la pena cuestionar realmente qué es lo que nos mueve a no vacunarnos, y si esos argumentos son suficientes para dejar de protegernos contra un problema de salud que debe de librarse a nivel global.
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