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Después de 18 meses de uso, la batería ya no recarga igual. Si se daña alguna de las piezas en el hardware, es más difícil encontrar repuestos originales. De pronto, las actualizaciones para ciertas aplicaciones y programas ya no están disponibles para esa versión del sistema operativo. La vida útil de los smartphones, así como de otros aparatos móviles de uso personal, se reduce con cada día que pasa. Así funciona la obsolescencia programada.
Los conceptos, las ideas y la tecnología se hacen obsoletos conforme el avance técnico y los sistemas de pensamiento evolucionan. Por esta razón, ciertas concepciones relativas al género o a ciertas prácticas culturales pueden pasar por arcaicas si no se adaptan al contexto sociocultural contemporáneo.
El problema viene cuando, decantado de un impulso de consumo, la tecnología de uso cotidiano deja de ser funcional a los pocos meses de haberse adquirido. El ejemplo más claro son los smartphones que, propulsados por un estímulo dudoso de innovación, se sustituyen cada 12 meses por uno “más nuevo”. A este fenómeno se le conoce como obsolescencia programada.
Aunque el concepto resulta todavía problemático para ciertos académicos, es una realidad que año con año, las grandes empresas trasnacionales dedicadas al desarrollo de estas tecnologías lanzan una nueva versión del mismo teléfono celular. Los cambios muchas veces son mínimos en los aparatos, pero generan un ritmo de consumo que les trae retribuciones económicas estratosféricas.
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Algunos académicos reducen la obsolescencia programada a una teoría de conspiración nacida de la pseudociencia. Convencidos del desarrollo técnico al servicio de la humanidad, reducen el tamiz crítico del ritmo de consumo que propulsa el lanzamiento anual de nuevos equipos inteligentes de uso personal.
Desde la mercadotecnia, a este fenómeno se le entiende como una consecuencia del ánimo de satisfacción al cliente. En lugar de una conspiración de las grandes trasnacionales tecnológicas, se justifica este patrón de producción bajo el argumento de que “hay personas que lo siguen comprando”. En un principio, esto obligaría a las empresas a generar más y mejores productos para sus clientes.
Puede ser que la realidad esté en algún punto medio entre ambos puntos de vista. Lo cierto es que al mismo ritmo que crece la demanda frenética por estos productos, se genera basura electrónica que contamina los sedimentos de la tierra y el subsuelo, que se quedará por siglos antes de que pueda desintegrarse en el planeta. A pesar de los esfuerzos que han realizado algunas empresas para reducir su impacto ecológico nocivo, los estragos permanecen.
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