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Un estudio reciente publicado en Nature Communications reveló una condición extraña en la miel comercializada en Estados Unidos. Por primera vez en la historia, en el producto se registraron rastros de la lluvia radiactiva que causaron las pruebas nucleares realizadas durante la Guerra Fría, específicamente, entre las décadas de los 50 y 60. Ésta es la razón.
La clave está en el isótopo cesio-137, según los investigadores encargados del estudio. Aunque todavía está muy por debajo de los niveles considerados dañinos en humanos, la miel analizada en el estudio demuestra que los contaminantes nucleares no sólo siguen en el ambiente, sino podría estar afectando a la industria alimenticia.
Jim Kaste, geoquímico ambiental de la Universidad William & Mary en Williamsburg, asegura para Science Alert que este periodo histórico fue decisivo para la propagación del isótopo de cesio:
“Hubo un periodo en el que probamos cientos de armas nucleares en la atmósfera. Lo que hizo fue poner una capa de estos isótopos en el medio ambiente durante un período de tiempo muy estrecho”.
La actividad humana ligada a la ciencia generó una fisión nuclear entre el uranio y el plutonio. El cesio se produjo como un aliciente, que hoy llega a nuestros alimentos como consecuencia de la contaminación del entorno. No sólo la miel estadounidense tiene rastros de este isótopo: ciertas frutas, nueces y otros alimentos presentaron evidencias débiles de éste.
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Kaste no podía creer los resultados de sus alumnos. Las mediciones de cesio que el equipo arrojó le parecieron insólitas. Tanto así, que decidió tomar muestras de miel cruda elaborada localmente, en Carolina del Norte, de manera que estuviera más pura y sin filtrar.
Aun así, 68 de las 122 muestras tomadas resultaron tener rastros evidentes del isótopo radiactivo. El equipo tiene la certeza que esta contaminación todavía está en la atmósfera, a tantos años de terminada la Segunda Guerra Mundial. Según el equipo de Kaste, a raíz de las más de 500 detonaciones nucleares, la radiación llega a nuestros días.
No hay manera de saber a ciencia cierta cuál de todas las explosiones nucleares produjo estas consecuencias nocivas. Sin embargo, es una realidad que provocan al día de hoy estragos en los alimentos que comemos todos los días. A 71 años de las pruebas nucleares, el estudio demuestra que este tipo de acciones sencillamente no desaparecen.
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