Fotografía: Jerry Zhang / Unsplash
Es común que, en el claro de la noche, unas luces verdes se enciendan en medio de los bosques todavía vírgenes. El fenómeno es todavía más evidente en tiempos de luna nueva, cuando el cielo sólo se enciende con los astros. Los primeros registros que se tienen de estas lenguas encendidas están en la tradición oral medieval de Europa, en las que se les hace alusión como ‘fuegos fatuos’.
Mientras en los territorios celtas se pensaba que eran espíritus malignos que venían a molestar a los viajeros nocturnos, en Francia y Alemania se entendieron como hadas, elfos y otros seres de luz con capacidades sobrenaturales. En la actualidad, la ciencia tiene una explicación química a estas llamaradas verdes, que antiguamente se identificaban como mal augurio o signo de presencias mágicas.
Aunque durante siglos se asoció a la presencia de hadas, brujas y demonios atrapados en la Tierra, los fuegos fatuos son producto de la interacción de ciertos elementos cuando los cadáveres se descomponen. Por esta razón es común encontrarlos en medio de los bosques, cerca de las poblaciones nutridas de algunos animales. Al momento de morir, sus cuerpos emiten metano y fósforo, que interactúan con el oxígeno presente en el ambiente.
De aquí que la llamarada que se enciende adquiera tonalidades verdes, azules e incluso morados en algunas ocasiones. Al inflamarse, estas sustancias originadas por la putrefacción generan unas pequeñas flamas sobre la superficie de los lagos y los pantanos. Aunado al olor que desprenden los cadáveres, el fenómeno maravillo y mortificó a los espectadores medievales, quienes les atribuyeron cualidades mágicas.
Alguna razón tuvieron los viajeros medievales al relacionar los fuegos fatuos con premoniciones ominosas de muerte. Aunque no existe una correlación entre este fenómeno y eventos fatídicos en las vidas de las personas, sí son resultado del ciclo natural de la vida en la Tierra. Visto de otra manera, podría entenderse como un punto final luminoso al paso de un ser vivo por este mundo.
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El escritor Yamil Narchi escribe sobre la presencia de los fuegos fatuos en las leyendas de terror celtas. Específicamente sobre el caso de Jack O’Lantern: el hombre que engañó dos veces al diablo, y en consecuencia, se vio obligado a vagar por toda la eternidad entre los bosques del norte. Para iluminar el camino, se valió de las ascuas del infierno, y desde entonces carga con ellas para molestar a los caminantes nocturnos.
A diferencia de lo que se narra en las tradiciones orales europeas —que hacen alusión a ellos como will-o’-the-wisp—, las lenguas de fuego no son masivas, ni son manifestaciones de fantasmas, brujas o seres sobrenaturales. Aunque las personas que se los encontraban pudieran experimentar sensaciones extrañas al estar cerca, hoy se sabe que son producto de la sugestión.
En algunos casos, incluso, se ha pensado que este tipo de reacciones están relacionadas con fenómenos naturales que los seres humanos no podemos percibir con los sentidos. Algunos de ellos son los campos magnéticos, que generan una respuesta neurológica poco explorada desde la investigación científica. Así que, aunque carguen con una herencia simbólica y mítica milenaria, los fuegos fatuos no son producto de almas perdidas, hadas, ni espectros del bosque.
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