Foto: @minwookpaeng / Instagram
Clarividencia. Percepciones extra-sensoriales. Experiencias religiosas profundas de despertar. Así se ha concebido la función del tercer ojo en los seres humanos por milenios: un mecanismo natural que compartimos para trascender el plano de la vida terrenal, cotidiana. Para ver más allá.
Hoy, a más de 8 mil años de que el concepto se estableció como un referente místico, una serie de desarrolladores coreanos lo quieren implementar como una alternativa para mirar el entorno físico. Para solventar el encadenamiento que producen los smartphones, este dispositivo craneal registra el mundo para “ahorrarle el trabajo” a los ojos, demasiado ocupados revisando notificaciones en redes sociales.
Pensemos en la siguiente situación. Una persona acaba de recibir una notificación mientras camina en la calle. No se detiene para desbloquear la pantalla de su celular, sino que sigue caminando mientras averigua de qué se trata. Afuera, hay gente, ruido, tráfico. Si no es lo suficientemente cuidadosa, podría estrellarse con alguien, caerse o resbalarse. Peor aún, podrían atropellarla.
Bajo el principio de “seguridad personal” de quien pueda sufrir un accidente así, un diseñador industrial surcoreano pensó en una solución práctica, observando cómo la gente en su país se comporta. Se refirió a ellos como “zombis de los smartphones”: un mercado creciente no sólo en Asia, sino en toda la extensión del mundo.
El tercer ojo de Paeng Min-wook no tiene que ver, ni cercanamente, con un despertar espiritual. Por el contrario, tiene una única función: evitar que los usuarios tengan accidentes en la calle, ya que están mirando constante y obsesivamente las pantallas de sus teléfonos celulares. De esta forma, evitarán lesionarse físicamente mientras caminan en la calle, con la mirada clavada en su actividad digital.
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El tercer ojo planteado por Paeng no solventa ninguna crisis. Por el contrario, la alimenta. Provee a los consumidores de más razones para enajenarse en las pantallas de los dispositivos que traen consigo, en lugar de ayudarles a mirar el mundo literalmente con sus propios ojos.
En lugar de ser un canal de autocrítica, este dispositivo biónico fomenta una cultura de la inmediatez, que anula por completo la contemplación del espacio físico, real. En lugar de ser una herramienta para mejorar la experiencia humana, parece más bien una muletilla innecesaria, que entorpece las relaciones interpersonales y encierra al individuo en una cápsula ilusoria y quebradiza de consumo digital:
“Esta es la mirada de la humanidad futura con tres ojos”, dijo el inventor en entrevista.“Como no podemos apartar la vista de los teléfonos inteligentes, será necesario un ojo adicional en el futuro”.
En lugar de promover que las personas se enfrenten a la realidad con sus propias capacidades físicas, Paeng propone que se hagan discapacitados sociales. El tercer ojo que inventó solamente ensimisma más a sus consumidores, ya incapaces de volver la mirada al mundo que les rodea —ya porque les resulta amenazante, ya porque sencillamente han dejado de saber cómo interactuar con él.
La tecnología ya está siendo implementada en Seúl. De manera paralela, otros países instan a la población a resistirse a la tentación del encierro post-pandémico. De poco sirven estos esfuerzos si la gente está dispuesta a gastar dinero en dispositivos con estas características. El encierro no sólo es físico en la era de la híperconectividad: es también interpersonal.
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