Esta es la historia de Herschel Grynszpan, el adolescente judío que encendió la furia de Hitler tras asesinar a un diplomático nazi.
7 de noviembre de 1938. Herschel Grynszpan, que acababa de comprar un revólver, tocó la puerta de la embajada alemana en París, Francia. El joven polaco había sido exiliado de su propio país con la aprobación de una ley que le impedía reclamar su ciudadanía solo por haber vivido más de cinco años en el extranjero. Su familia, radicada en Alemania, también se enfrentaba al destierro –o algo peor– debido a sus creencias religiosas. Estaba enojado.
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Después de que la Gestapo del Tercer Reich comenzó a arrestar y deportar a todos los judíos polacos, obligándolos a renunciar a sus propiedades, Herschel decidió actuar. Cuando las puertas del consulado se abrieron, el adolescente judío pidió hablar con alguien; quien fuera. Ernst vom Rath lo recibió bajo la promesa de que recibiría un documento importante. Al presentarse, Herschel sacó la pistola y disparó en cinco ocasiones contra el diplomático nazi. La noticia llegó a Alemania incluso antes de que Vom Rath fuera declarado muerto.

El atentado, condenado por la comunidad judía en Europa, despertó la ira del Führer. Solo eso necesitaba. Adolf Hitler buscaba un pretexto para iniciar un exterminio; una llama que encendiera una mecha. El joven polaco detenido en París se lo había dado y nada sería igual.
¿Quién fue Herschel Grynszpan?
Nacido el 28 de marzo de 1921 en Hannover, Herschel Feibel Grynszpan vivió los efectos del antisemitismo desde muy joven. A pesar de haber nacido en la República de Weimar, se le había negado la nacionalidad alemana y solo pudo ostentar la ciudadanía polaca, país de donde provenían sus padres.
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Con la entrada en vigor de la Ley contra la Masificación de las Escuelas y Universidades Alemanas, miles de estudiantes judíos fueron expulsados de los centros educativos. Herschel recibió el apoyo de su familia y comunidad para terminar sus estudios en Fráncfort. Al regresar, no había nada para él: ni escuela, ni trabajo.

Así fue como los Grynszpan decidieron que su hijo estaría mejor viviendo con sus tíos Abraham y Chawa en París. El horror provocado por el ascenso al poder de Adolf Hitler tardaría en llegar a esas tierras y el joven podría desarrollarse sin preocupaciones. O eso pensaron. La falta de permisos legales y el miedo que crecía en los círculos judíos ante el auge del nazismo le imposibilitaron conseguir residencia, educación y sustento. El año en que venció su pasaporte, las autoridades le ordenaron abandonar el país. Tenía que regresar a Alemania, un lugar donde se respiraba el odio.
El atentado que dio un pretexto a Hitler
1938 fue un año clave en el génesis del Holocausto. Ese año, Polonia promulgó una ley que evitaba que los 70 mil judíos que se habían establecido en Alemania y Austria regresaran a su país. Los habían desterrado de la noche a la mañana. El gobierno nazi, por su parte, había iniciado una serie de medidas para asfixiar social y económicamente a la población judía.
A principios de noviembre, los diarios en Francia reportaron el éxodo masivo de judíos en Europa. Herschel no sabía dónde estaban sus padres y seres queridos que había dejado en Alemania. La noche del 6 de noviembre, escapó de casa con 300 francos. A la mañana siguiente compró un revólver y se dirigió a la Embajada de Alemania en Francia. Según historiadores, el joven quería asesinar al embajador Johannes von Welczeck. Pensaba enviar un mensaje a los círculos de poder nazi: ellos tampoco estaban a salvo.

Sin embargo, su excusa –entregar un documento importante al político– solo le permitió acercarse a Ernest vom Rath, un joven asistente diplomático que se encontraba en el edificio. Sin dudarlo, el polaco sacó su arma y disparó en cinco ocasiones. Mientras lo hacía, de acuerdo con el reporte de la policía francesa, gritó: “¡Eres un asqueroso boche! En nombre de 12 mil judíos perseguidos, aquí está tu documento”. Después de vaciar su revólver, Grynszpan se entregó a las autoridades.
En la bolsa de su chaqueta encontraron una carta escrita a su hermana: “No podía ser de otra manera. Que Dios me perdone, el corazón sangra cuando escucho su tragedia y la de los 12 mil judíos. Debo protestar para que el mundo entero escuche mi protesta y lo haré”.
¿Qué pasó con Herschel Grynszpan?
Herschel Grynszpan fue encarcelado. Por su parte, Vom Rath fue trasladado a Berlín para ser tratado por los mejores doctores, incluyendo el médico personal de Hitler: Karl Brandt. Su muerte el 9 de noviembre fue tomada como un estandarte por miembros del partido, quienes vieron en el atentado –sumamente condenado por la comunidad judía– como una afrenta a su movimiento, a sus valores y a su tranquilidad. Para colmo, ese día se conmemoraba el 15 aniversario del Día del movimiento, la celebración más grande de los nazi. No podían verse débiles.
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Joseph Goebbels, uno de los hombres más cercanos a Hitler y hábil propangandista del odio, pronunció un discurso en donde ordenó a una multitud de veteranos nazi tomar la ley por su propia mano y atacar las propiedades y centros religiosos de los judíos en Alemania. Así lo hicieron. Esa noche –hoy conocida como la Noche de los Cristales Rotos– más de 90 personas fueron arrestadas, 30 mil judíos fueron enviados a campos de concentración y miles de hogares, tiendas y sinagogas fueron destruidas. La nación germana fijaba a sus enemigos número uno. Hitler estaba cosechando lo que por años sembró, sin necesidad de hacer nada. Un año más tarde, Polonia estaba invadida. El resto, por desgracia, es historia.
Mientras iniciaba un exterminio, Herschel Grynszpan esperaba su condena. En 1940, un comando de la SS llegó a la prisión de Toulouse para llevarse al joven a Berlín. La entrada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial retrasó su juicio indefinidamente. Las autoridades le perdieron la pista cuatro años después y en 1960, se le declaró oficialmente muerto.
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