Una ‘actitud positiva’ ante la vida no es suficiente para ser felices. Entre la herencia genética y los cambios en el entorno, ésta podría ser la respuesta para conseguirlo.
Las cifras fueron desconsoladoras. En 2005, un estudio controvertido reveló que el 50 % de la felicidad de las personas dependía exclusivamente de sus genes. Es decir: la mitad de su probabilidad para tener una vida plena dependía enteramente de su herencia genética. La otra parte del porcentaje se distribuyó entre el contexto de cada persona y las ‘ganas conscientes’ de ser felices.
De este estudio han pasado casi dos décadas. Además de ser criticado por parcial y poco claro, la investigación de Hoy, sabemos que no todo recae en el factor genético.
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No todo es genética

Hace casi 20 años, la revista Review of General Psychology afirmó que “La búsqueda de la felicidad es un objetivo importante para muchas personas“. Entre psicólogos y neurocientíficos, se abordó el asunto desde una perspectiva casi determinista: aseguraban que gran parte de la imposibilidad de ser felices recaía en el factor genético de los seres humanos.
El objetivo del estudio, en aquel entonces, fue “aumentar y luego mantener la felicidad“. A falta de resultados convincentes, la investigación concluyó que un estado de plenitud se alcanzaría con “una actitud más positiva frente a la vida”. En la actualidad, una propuesta de esta naturaleza rayaría en el simplismo más absurdo.
A pesar de ello, es una realidad que los seres humanos estamos condicionados —de una manera o de otra— por nuestros genes para funcionar. Querámoslo o no, la herencia que cargamos en la sangre tiene impresa la historia de decisiones evolutivas que nos han llevado hasta donde estamos.
“Entonces, ¿estamos condenados a ser infelices, a pesar de estos avances en psicología?”, se pregunta Jolanta Burke, miembro de Centre for Positive Psychology and Health, en su artículo para The Conversation. No, no realmente: “naturaleza y la crianza no son independientes entre sí“, sugiere la autora. Ésta es la razón.
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Una ‘actitud positiva’ no es suficiente
Claro que la genética importa. De hecho, según explica Burke, condiciona en gran medida la respuesta que tenemos al entorno. La autora lo explica con un ejemplo básico:
“Los genes influyen en el comportamiento que ayuda a las personas a elegir su entorno. Por ejemplo, la extroversión que se transmite de padres a hijos ayuda a los niños a construir sus grupos de amistad”.
Sin embargo, pensar que sólo el factor genético determina nuestra capacidad de ser felices es parcial. Por el contrario, el entorno también influye en la manera en la que los genes se expresan. “La naturaleza y la crianza son interdependientes y se afectan mutuamente de forma constante“, enfatiza la experta.
Lo único constante es el cambio

Por ello, el hecho de que el entorno cambie la manera de pensar de las personas —y altere sus respuestas, sus emociones, sus reacciones— es natural. Especialmente, cuando no se perciben de una manera placentera. Por ello, la idea de que ‘afrontar la vida con una actitud positiva’ es suficiente no sólo es falsa, sino completamente desapegada de lo que sucede a nivel biológico en el cuerpo.
Lo que es más: según la propuesta de Burke, no existe una única metodología infalible que funcione para todo el mundo. Por el contrario, cada caso debe de analizarse de manera aislada, porque somos seres independientes:
“Pero no existe una intervención de psicología positiva que funcione para todas las personas porque somos tan únicos como nuestro ADN y, como tal, tenemos una capacidad diferente para el bienestar y sus fluctuaciones a lo largo de la vida”.
Cada persona reacciona diferente a su entorno porque, a nivel molecular, la baraja genética es única e irrepetible. Por ello, también, “algunas personas pueden luchar un poco más para mejorar su bienestar que otras“, sugiere la autora. En el vaivén de la herencia y los cambios constantes en el entorno, no existen garantías para conseguir la felicidad absoluta.
Esa búsqueda, además de ser muy íntima, conlleva un profundo trabajo personal. Al día de hoy, ni siquiera en la genética hemos encontrado una respuesta definitiva.
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