Científicas, mujeres independientes y expertas en sexualidad eran consideradas como brujas en la Edad Media. Así fueron castigadas.
A la hoguera. Colgadas en horcas públicas. Algunas veces, torturadas por la Iglesia para confesar sus pactos malignos con Satanás. Las mujeres en la Edad Media tuvieron que lidiar con un apelativo común a todas aquellas que no quisieron alinearse a los roles de género establecidos por la religión: brujas. Científicas, sanadoras, consejeras sexuales y mujeres que decidieron llevar una vida independiente corrieron el riesgo de perder la vida, bajo la premisa de limpiar el mundo de sus actos oscuros.
Ya fuera enjuiciadas por la Inquisición, o denunciadas por algún vecino temeroso, miles de mujeres fueron sentenciadas como brujas durante los siglos que abarcó la Edad Media. A los ojos del medioevo, éstas eran algunas de las características básicas que reunían las “servidoras de las sombras”:
Matemáticas, alquimistas y otras ‘brujas’ de la Edad Media

Las mujeres no podían hacer cuentas en la Edad Media. Lo que es más: cualquiera que estuviera versada en alguna de las ciencias que se estaban desarrollando en la época era vista como una servidora de Satanás, explica la historiadora Norma Blázquez:
“Eran parteras, alquimistas, perfumistas, nodrizas o cocineras que tenían conocimiento en campos como la anatomía, la botánica, la sexualidad, el amor o la reproducción, y que prestaban un importante servicio a la comunidad. […], lo cual fue interpretado por los grupos dominantes del medievo como un poder del Diablo”.
Sólo a los hombres se les permitía conocer de herbolaria, medicina y alternativas para curar a los enfermos. Las mujeres, en esta división binaria de género, sólo podrían cuidar de ellos si eran monjas. De lo contrario, deberían de permanecer en casa, educando a los hijos y haciendo de comer para sus familias.
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Aquellas que no fueran a la iglesia

No asistir a los servicios eclesiásticos al menos una vez a la semana era castigable con la hoguera. En este caso, la regla no era exclusiva para las mujeres: cualquiera que se rehusara a ir a la iglesia potencialmente era un brujo, que no quería estar en contacto con Dios y sus huestes de ángeles. Muchas veces, las personas solamente estaban afiliadas a otras religiones o creencias.
Por ello, observar las buenas costumbres cristianas —siendo un feligrés constante y comprometido— era un imperativo presente en la sociedad medieval. A nivel simbólico, mítico y cultural, Dios era el centro del Universo. Una vida sin contacto con estos espacios de culto era sencillamente inconcebible.
Mujeres que llevaran una vida independiente

Las mujeres que no estuvieran casadas generaban sospechas en la Europa medieval. Bajo el esquema de familia que imponía la Iglesia Católica, era inconcebible que una mujer viviera de manera independiente, o tuviera sus propios medios para ganarse la vida. A pesar de que en algunos países fue la fuerza laboral femenina la que encabezó algunas industrias, la regla general establecía que ellas deberían de estar casadas con un hombre proveedor.
No sólo eso. Las mujeres jóvenes deberían de tener hijos, para seguir el parámetro cristiano de pensamiento. Por ello, las mujeres independientes generalmente también fueron acusadas de brujería en la Edad Media. Si no servían a un varón productivo, seguramente estaban a los pies de Satanás. Muchas veces, no era ni una cosa ni la otra. Sin embargo, ellas también iban a la hoguera porque, potencialmente, podrían insinuársele a otros buenos cristianos, y hacer que cayeran en tentación.
Nodrizas y expertas en sexualidad

Parte del mito que se encargó de generar el catolicismo con respecto a las brujas en la Edad Media corresponde a la idea de que eran mujeres viejas y feas. Según Blázquez, éste no era el caso para nada. Por el contrario, muchas de ellas podían ser mujeres que no le tenían miedo a su propio cuerpo, y estaban en contacto con su sexualidad:
“Las brujas comenzaron a almacenar conocimiento muy importante sobre el control de la reproducción y sabían preparar diversos abortivos. Este conocimiento implicaba la posibilidad de ejercer una sexualidad más libre”, explica la historiadora.
Por ello, este modelo social preponderantemente masculino castigó cualquier información que tuviera que ver con la independencia de las mujeres. Aquellas que vivieran solas, en casas en los bosques, eran consideradas como brujas en la Edad Media por esta razón.
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Rebeldes al sistema o críticas al catolicismo

Aunque los hombres también aparecieron en la lista negra de la Inquisición, la distinción de género en términos de brujería “ha sido reconocido como profundamente misógina“, como explica la historiadora Jennifer Farrell en su artículo para The Conversation.
Algunos documentos escritos en la época sugieren “que la percepción de falta de inteligencia de las mujeres las hizo sumisas a los demonios“, escribe la autora.
Más aún, aquellas quienes abiertamente se negaron a alinearse al estilo de vida impuesto por la religión eran irremediablemente catalogadas como brujas en la Edad Media. Sus gritos se escucharon por siglos en las hogueras de las plazas públicas.
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