En 2019, una sonda espacial con miles de tardígrados se estrelló en la Luna. Dos años después, un estudio explica si sobrevivieron al impacto.
En febrero de 2019, Israel lanzó la ambiciosa misión Beresheet hacia la Luna, una sonda espacial con un aterrizador robótico con el objetivo de entrar al selecto grupo de países que han logrado posar un instrumento sobre nuestro satélite natural.
Dos meses más tarde, la nave perdió el control al intentar aterrizar y terminó estrellándose con la superficie lunar al norte del Mar de la Serenidad (la región elegida por los científicos a cargo de la misión), culminando la misión con un rotundo fracaso.
El impacto no sólo acabó con el sueño de la incipiente industria espacial israelí, desperdigando 100 millones de dólares convertidos en basura espacial sobre la Luna: entre la carga que Beresheet llevaba consigo, se encontraban miles de tardígrados, una criatura microscópica e invertebrada capaz de resistir condiciones extremas como ninguna otra.

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El secreto de los tardígrados para sobrevivir incluso a la radiación espacial está en la criptobiosis, un estado que les permite reducir al mínimo sus procesos metabólicos casi hasta el grado de suspensión, mientras que sus órganos se protegen con un gel conocido como trehalosa.
El impacto causó polémica y preocupación, debido a la habilidad de los tardígrados para sobrevivir a la inanición, temperaturas extremas y hasta la radiación del espacio: ¿será posible que los tardígrados hayan sobrevivido al impacto y logren mantenerse con vida en la Luna? ¿Puede que el fracaso de la misión israelí haya contaminado biológicamente nuestro satélite natural?
A dos años del impacto, un estudio encabezado por la Universidad de Kent y publicado en Astrobiology aporta evidencias para llegar a una respuesta.
La investigación se encargó de poner a prueba la supervivencia de los tardígrados al congelarlos y posteriormente, someterlos a impactos a gran velocidad.
Para el estudio, se utilizó una pistola de gas que utiliza pólvora con hidrógeno presurizado. Los tardígrados congelados fueron disparados a distintas velocidades contra costales de arena para medir su resistencia a estos impactos y posteriormente, analizar si se mantenían íntegros y podían seguir con vida.

Después de diversas pruebas, el estudio concluyó que los tardígrados sólo pueden resistir parcialmente a impactos a alta velocidad: los extremófilos lograron sobrevivir a colisiones que ocurrían debajo de 900 metros por segundo. Más allá de este umbral, sus cuerpos se desintegraban.
Y aunque los autores del estudio concluyeron que los tardígrados que viajaban en la misión Beresheet experimentaron una presión del choque imposible de resistir y por lo tanto murieron, los resultados también sugieren que en algunos casos, organismos similares podrían resistir una presión y velocidad similar a la que se presenta durante la entrada a la atmósfera terrestre de una minoría de meteoritos.
La investigación es un punto de partida para comprender más a fondo la posibilidad de que organismos extremófilos similares a los tardígrados puedan sobrevivir a viajes espaciales y sobre todo, mantenerse con vida tras una colisión planetaria.
La habilidad de supervivencia de los extremófilos es el principio básico de la panspermia, una polémica teoría que considera que el Universo rebosa de vida y por lo tanto, los distintos impactos de asteroides, meteoritos y el polvo cósmico funcionan como una vía de transporte interplanetario que disemina microorganismos por todo el cosmos.
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