El despliegue de ostentación y lujo que las actuales fiestas navideñas llevan aparejadas es un invento de los siglos XIX y XX, de manera que no podemos esperar que hacia el año 1000 su celebración tuviera nada de especial, y mucho menos la hoy omnipresente costumbre del regalo. Sin embargo, la festividad navideña ya tenía su importancia como fecha muy destacada del calendario litúrgico.
Uno de los detalles que nos indican su relevancia es que Guillermo el Conquistador, el rey normando que se apoderó de Inglaterra en el año 1066, escogiera el día de Navidad para su coronación como monarca británico, que tuvo lugar en la abadía de Westminster.
Impactar y enseñar
Una de las tradiciones que comenzó a surgir hacia el siglo XI fue la de las representaciones teatrales de los misterios religiosos navideños. Su auge fue una de las consecuencias de las reformas litúrgicas que tuvieron lugar durante la Alta Edad Media. Ante una audiencia casi exclusivamente analfabeta, los representantes del clero se percataron de que dramatizar los episodios religiosos era una de las maneras más directas y también impactantes de explicar las entretelas de la religión.
Un destacado religioso y erudito alemán de la Edad Media, Honorio de Autun, llegó a escribir que el sacerdote es un actor trágico representando el papel de Cristo ante los fieles.
Una de las representaciones más difundidas en la época fue el Ordo prophetarum o Procesión de los profetas. Se trataba de la dramatización de una homilía de San Agustín que convocaba a profetas y a personajes tanto del Nuevo Testamento como de la Antiguedad clásica (Virgilio) para que testificaran la llegada del Mesías ante el incrédulo pueblo de Israel.
La versión más antigua del texto del Ordo se conserva en el monasterio de San Marcial, en Limoges.
La mitológica Sibila
En muchas tradiciones el Ordo culminaba con el apocalíptico Canto de la Sibila, protagonizado por este personaje mitológico que anunciaba el fin del mundo y a quien los cristianos reconvirtieron en protagonista de los presagios del Juicio Final. Hay constancia de su interpretación en el año 960 en la Mezquita de Córdoba como parte del rito mozárabe, aunque no está claro que se representara en Navidad. Hoy sigue escenificándose en Mallorca, donde tiene una larga tradición, durante la Misa de Gallo.
Existen otros importantes dramas litúrgicos inscritos en nuestras tradiciones. En los maitines del día de Navidad se representaba el Officium pastorum.
Sus herederas actuales son las conocidas pastoradas (pastorelas, en México). El día de Reyes también contaba con una obra propia, el Officium stellae, un diálogo entre Herodes y los sabios de Oriente acompañado de música y procesiones a lo largo de la ciudad. Este es el origen del celebérrimo Auto de los Reyes Magos, una de las muestras más antiguas de teatro castellano.
Demasiado lúdicas
Las representaciones se llevaban a cabo dentro del templo, pero sólo sería así durante esos siglos porque, con la llegada de la Baja Edad Media, las jerarquías eclesiásticas comenzaron a mostrar reservas hacia tales escenificaciones porque tenían una dimensión lúdica y de entretenimiento que no armonizaba con los más espirituales objetivos religiosos. A partir de entonces se harían en el exterior de los templos, iniciando así un proceso de alejamiento respecto al contenido religioso, de modo que irían entreverándose con tramas cada vez más profanas.
La mezcla de arte y religión no se limitaba a la Navidad, por supuesto, sino que era una constante en la vida europea del año 1000. De hecho, es al iniciarse este siglo cuando surge el arte románico, que es considerado el primer estilo artístico nacido como producto directo de la religión cristiana.
Hay una clara relación de causa-efecto entre la superación del milenio y el despertar del románico. El monje Rodolfo el Calvo, autor de una historia del año 1000 y considerado uno de los principales cronistas del siglo XI, escribió que por aquel entonces Europa se recubrió de un blanco manto de iglesias, como consecuencia de la esperanza y confianza que la humanidad volvía a tener en su futuro, una vez superada la temible prueba de la vuelta de hoja del calendario. Primera muestra de esa confianza la daban los propios edificios eclesiásticos, en los que se volcó la creatividad de los artistas.
En los monasterios, iglesias y catedrales románicos, este estilo es símbolo que pretende transmitir al fiel un mensaje muy claro: sólo hay un Dios, el cual es el centro del mundo y la luz que lo ilumina. Esto resulta manifiesto no sólo en los motivos pintados sino en la propia posición de éstos; es decir, en su metalenguaje. Cuando un fiel entraba en la iglesia pirenaica de Sant Climent de Taull, una de las cumbres del románico, todo se encaminaba a que su vista y su atención se dirigieran, en la nave central, hacia la representación del gigantesco e impresionante pantocrátor, en cuya mano izquierda podía leer en grandes caracteres la frase latina Ego sum lux mundi (Yo soy la luz del mundo).
Un catecismo pétreo
Los edificios religiosos románicos se convirtieron, por tanto, en grandes películas de piedra sobre el contenido de las escrituras sagradas. La Biblia fue narrada en los pórticos de entrada a las iglesias y en los capiteles de los claustros, fenómeno conocido como catecismo pétreo.
Y para que el mensaje fuera creído no bastaba con explicar la vida de los santos o del propio Cristo, sino también había que narrar el destino de los malos, de aquellos que habían elegido el camino del pecado. En ello también volcaron una creatividad desbordante los artistas románicos, que ofrecían al hombre del siglo XI estremecedoras imágenes de largas hileras de condenados al infierno esperados con avidez por los diablos, como se aprecia en la iglesia de Santa María la Real de Sanguesa, en Navarra. De hecho, uno de los motivos favoritos de muchas portadas de iglesias románicas es el Apocalipsis con la representación del Juicio Final.
Y otros episodios de aciago destino para la Humanidad, como es el del Pecado Original, son también objeto de inspiración reiterada.
Creatividad desbordada
Volviendo a un plano más positivo, tampoco faltaba la representación de los propios misterios característicos de la época navideña, aunque el nacimiento no era el más habitual sino la epifanía, con abundantes representaciones de los tres Reyes Magos, a veces con notorias diferencias de edad. En menor medida, también la huida a Egipto era muy recurrente, elección que en sí misma demuestra la inventiva artística, pues el texto bíblico no ofrecía suficiente información para describir esta epopeya, pero ello no impidió a los imaginativos creadores románicos dotarla de suficientes argumentos y personajes.



