Ocurrida en el Chicago de los años 20, la Matanza de San Valentín es una escena de violencia y sangre derramada entre los gánster más importantes de la época. Texto por Gina vega
En enero de 1920 entró en vigor la Ley Volstead, conocida popularmente como Ley Seca, que durante 13 años prohibió la fabricación, la venta y el transporte de alcohol en Estados Unidos.
El objetivo era disminuir el vicio, la corrupción y los asesinatos, así como conservar las ‘buenas costumbres’. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario. Dicha legislación impulsó de manera insospechada al crimen organizado, que de inmediato vio en el contrabando de bebidas alcohólicas un negocio multimillonario.
Gracias a esta polémica ley surgieron diversas empresas criminales, pero ninguna logró el poder de las principales mafias de Chicago: la banda de Al Capone (1899- 1947), apodado Scarface (cara cortada), que controlaba el sur del estado, y la de George Moran, alías Bugs Moran (1891-1957), que dominaba el norte.
Ambas, sobre todo la primera, se hicieron famosas por la manera impune en que operaban sus negocios ilegales, incluyendo la prostitución. Su ‘imperio’ parecía indestructible, pero el 14 de febrero de 1929 el asesinato a sangre fría de siete miembros de la banda de Moran cambió el curso de las cosas.

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Crónica a sangre fría
El día de la masacre amaneció nevando en Chicago. Alrededor de las 10:30 am, cuatro o cinco hombres a bordo de un Cadillac negro, dos de ellos vestidos de policías, llegaron al número 2122 de la calle North Clark para perpetrar uno de los crímenes más sangrientos en la historia de la ciudad.
Bajaron tranquilamente del automóvil y, sin más, entraron al sitio, un garaje que había sido alquilado por Bugs Moran para recibir y enviar los cargamentos de licor. Ahí estaban reunidos Albert Weinshank, James Clark, Adan Heyer y los hermanos Gusenberg (Peter y Frank), además del mecánico Johnny Mayo, a quien se contrató para reparar los coches de la banda.
Los hombres, armados con tres metralletas Thompson, una escopeta y una pistola, les ordenaron ponerse contra un muro de ladrillos rojos y luego dispararon una y otra vez; perpetraron la matanza en unos cuantos minutos.
Después, los victimarios salieron del lugar y, según cuentan William Balsamo y George Carpozi Jr., autores del libro La verdadera historia del crimen organizado, los supuestos policías lo hicieron apuntando sus armas al resto de los asesinos, como si se tratara de un arresto. Luego –cuentan los historiadores– los delincuentes subieron al coche y se alejaron hacia el sur.

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El descubrimiento
Jeanette Landesman, una de las personas que escuchó los disparos, salió de su departamento para ver qué había ocurrido, y al bajar las escaleras un hombre le dijo que se había cometido un terrible asesinato, así que, alarmada, regresó a su casa para llamar a la policía.
En menos de cinco minutos dos sargentos, Thomas Loftus y Fred O’Neill, llegaron al lugar y el espectáculo con el que se encontraron fue aterrador:
“Parecía que la cabeza de la primera víctima hubiera explotado por el impacto de un cañón. Los tres cuerpos siguientes estaban de espaldas al suelo, con los ojos fijos en el techo. El quinto cuerpo estaba de rodillas, con la parte superior descansando en una silla reluciente del líquido carmesí que había escapado de sus venas…”, describen Balsamo y Carpozi.
Mientras los policías revisaban los cuerpos de las víctimas descubrieron que Frank Gusenberg, quien era muy conocido entre los policías de Chicago por sus múltiples delitos, aún estaba vivo.
De camino al hospital le preguntaron quién había cometido el crimen, a lo que el gánster contestó que habían sido policías, pero ya no pudieron interrogarlo más porque murió a los pocos minutos. Sin embargo, las primeras investigaciones descartaron la hipótesis de que la banda de Moran había sido acribillada por integrantes de la policía: la lucha por controlar la distribución de alcohol indicaba que había sido obra de Al Capone.

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Misterio sin resolver
Entre los primeros nombres que se incluyeron en la lista de tiradores sospechosos de la ‘Matanza de San Valentín’ estaban John Scalise, Albert Anselmi, Joe Giunta y Jack McGurn, mejor conocido como Machine Gun (metralleta), todos vinculados con Scarface.
Aunque se les detuvo, no se les comprobó nada. McGurn argumentó que ese día estuvo con su novia. Asimismo, no se enjuició a Al Capone pues tenía la coartada perfecta: ese día había estado en Miami.
Otra de las teorías de la matanza –según el escritor– apunta a que se trató de una simple venganza. Así lo demuestra una carta de un hombre llamado Frank T. Farrell dirigida a John Edgar Hoover, entonces director del FBI, en la que sugirió que el orquestador de la masacre fue un hombre llamado William White, quien quería vengarse de Bugs Moran porque la banda de éste había asesinado a su primo, hijo de un policía.
El fin de Capone
Como sea, la ‘Matanza de San Valentín’ no sólo marcó el fin de la banda de Bugs Moran, sino también la decadencia del imperio de Capone, pese a que se apoderó casi por completo del contrabando del alcohol.
Su reinado en la mafia de Chicago duró poco, ya que tras el artero crimen de la calle North Clark, el presidente Herbert Hoover decidió que se le tenía que poner un alto, lo que culminó con el encarcelamiento de Scarface en octubre de 1931.
Acusado de evasión fiscal, y nunca por sus negocios ilegales, fue obligado a pagar una multa de 50,000 dólares y condenado a once años de prisión, sentencia que nadie había recibido por este tipo de delito.
Estuvo en la prisión federal de Atlanta, Georgia, hasta 1934, desde donde todavía pudo controlar algunos de sus negocios; después fue trasladado a la cárcel de Alcatraz, en California, y en 1939 recibió libertad condicional, pero poco quedaba del hombre que había sido, pues padecía sífilis, lo cual mermó considerablemente sus facultades mentales.
Murió el 25 de enero de 1947 en su residencia de Miami, ocho días después de cumplir 48 años.
Texto publicado en revista Muy Interesante México.
